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Las demás no somos mujeres


por Yonaida Selam


A colación del desafortunado discurso de la ministra de Igualdad, Bibiana Aido, sobre la imposición que recae sobre las mujeres de confesión musulmana en torno a la vestimenta, especialmente lo referido al hiyab, y aunque no debería causar sorpresa alguna la estereotipización con la que en términos generales se retratan en los medios de comunicación al Islam en general y a los musulmanes, en particular, me causo especial indignación el titular con el que el periódico La Vanguardia titulaba una noticia sobre el rechazo y los apoyos de diferentes organizaciones a las manifestaciones vertidas por la ministra, que rezaba de la siguiente manera "Las mujeres apoyan a Aido ante las criticas de las entidades islámicas", un titular sin duda perverso donde las presidentas de organizaciones como la Federación de Mujeres Progresistas o de la asociación de mujeres Themis merecen recibir el calificativo de mujeres, mientras que la presidenta del Consejo islámico de Valencia, Amparo Sánchez o en mi caso como presidenta de la Asociación Intercultura, al parecer no somos mujeres, sino seres abstractos que dirigen entidades de carácter islámico, incapaces de tener ideas propias y al parecer conciencia en torno a las desigualdades, algunas endémicas, que padecen millones de mujeres en todo el mundo.

Algo así como la definición acertada que la escritora y socióloga marroquí Fátima Mernissi ha dado sobre la descripción que en términos generales, el feminismo occidental tiene de la mujer musulmana: como un ser infrahumano, sumiso y medio tonto, que es feliz en la degradación organizada por el patriarcado y la miseria institucionalizada, una descripción que concuerda sin duda con las manifestaciones de la ministra, de la presidenta de la Federación Nacional de Mujeres Progresistas, del titular de La Vanguardia y de la inmensa mayoría del PP (Véase el Contrato de Inmigración, el intento de restricción del uso del velo o las declaraciones vertidas por la Portavoz del PP en el Congreso Soraya Sáez de Santamaría en la Cadena Ser).

Sinceramente, nunca entendí la creación de un Ministerio de la Igualdad, máxime cuando nuestras leyes consagran la igualdad entre hombres y mujeres, y sobre todo porque, habiendo voluntad política y ganas de apostar por la igualdad real entre ambos sexos, sobran macroestructuras, vacías de contenido, con poca dotación presupuestaria y sobre todo con una ministra cuyo noción de feminismo es un poco particular y yo diría que hasta provinciana, cuyo ejemplo más provocador si cabe, han sido sus últimas declaraciones en las que afirmaba sin más que el Islam consagra la desigualdad porque las mujeres se cubren la cabeza con un hiyab y el cuerpo con vestidos largos, mientras que el hombre “árabe” (cabría recordarle que en el mundo existen 1500 millones de musulmanes de los cuales tan sólo un 20% son árabes) puede vestir de forma occidental, y aseverando de manera generalizada que las musulmanas somos seres inferiores, sumisas, incapaces de tomar conciencia o de tener ideas propias.

El pañuelo forma parte de la identidad de muchas mujeres musulmanas. Lo que desde occidente se ve como una barrera entre dos mundos y una forma de represión o de sumisión de la mujer al hombre, para la inmensa mayoría de las mujeres musulmanas el hiyab supone una reafirmación de su origen, su fe y sus ideas, por lo que no deja de llamar la atención que el feminismo clásico, cuando alude a la discriminación de la mujer musulmana, se simplifique y se reduzca a un pañuelo, y muchísimos estados, como el francés, incluso para acabar con esa supuesta discriminación, prohibe su uso en las escuelas, privando a miles de adolescentes del derecho a la educación y expulsando a cientos de ellas de las escuelas, promulgando una Ley contra su uso, que llegó conocerse como la Ley del Miedo. Asma Lamrabet (ensayista marroquí) lo describe acertadamente: “Es evidente que sobre un fondo de estigmatización del Islam, de racismo y de un gran malestar social frente a las poblaciones de inmigrantes, cada vez más presentes en Occidente, la cuestión del velo se ha convertido en ‘cabeza de turco’ ideal de los medios mediático-políticos”.

Y para ejemplos, el de la ciudadana alemana de origen turco, que tuvo que recurrir a los tribunales para reivindicar su derecho al trabajo, porque el Ministerio de Educación Alemán, en dicha ciudad, la quería obligar a firmar un documento en el que se comprometía a no usar pañuelo mientras impartía clases, el de las dos alumnas del Severo Ochoa de Ceuta, a las que los directores de dicha escuela, les habían prohibido la entrada por usar el hiyab o el de Shaima Saidani, otra alumna a la que le restringieron el acceso a una escuela en Cataluña, hasta que intervino la Generalitat y zanjó el asunto. Sin duda alguna, muestras, como diría Edward Said, de cómo las maliciosas generalizaciones en torno al Islam se han convertido en la última forma aceptable de denigración de una cultura foránea en Occidente: lo que se dice acerca de la mentalidad musulmana, o sobre su carácter, su religión o su cultura, en conjunto no podría ser planteado en la actualidad en ningún debate sobre los africanos o los judíos.

Entre tanto, es confortante ver como la vicepresidenta del gobierno Maria Teresa Fernández de la Vega, desautoriza a un miembro de su gabinete y nos deja claro que el hiyab no es un problema en este país, aunque algunos con su famoso “contrato de integración” (PP) lo quisieron convertir en un problema.

Fuente: Melilla Hoy, 5 de julio de 2008



Véase sobre el mismo tema:

Lindsey German
La crítica al velo no tiene nada que ver con la liberación de las mujeres

Ismahane Chouder, Malika Latrèche y Pierre Tevanian
Las chicas con hiyab hablan

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De la Vega corrige a Aído y pide "respeto a las culturas de cada país"

El País, 27 de junio de 2008

Las declaraciones de la ministra de Igualdad, Bibiana Aído, sobre por qué los hombres musulmanes pueden vestir como quieran “y las mujeres no” ha llevado a intervenir a la vicepresidenta del Gobierno, María Teresa Fernández de la Vega. La número dos del Ejecutivo dijo ayer que la “posición inicial” del Gobierno es “el respeto a las tradiciones culturales”, siempre y cuando éstas respeten a su vez la legislación.

Aído había afirmado que “los hombres árabes o musulmanes pueden vestir al modo occidental porque su cultura no les exige que lleven ningún símbolo”. “Las mujeres, sin embargo, llevan vestidos largos que les tapan el cuerpo y también un pañuelo sobre la cabeza”. Tras esta descripción encendió la mecha cuando afirmó que “no todas las prácticas culturales tienen que ser protegidas y respetadas”, en concreto aquellas que “vulneran los derechos humanos y promueven la desigualdad”.

De la Vega, tras la de arena, dio también la de cal a la ministra. Aído ha introducido “un debate importante, que es el de las identidades, las prácticas y las diferencias culturales”, señaló. “Lo más importante es ser sumamente respetuoso con los hábitos y culturas de cada país, teniendo mucho cuidado en que esas tradiciones culturales no ataquen a la libertad ni supongan una vulneración de la libertad a las personas o un ataque a los derechos humanos”, dijo, con lo que recogía los argumentos de Aído, informa Europa Press.

Por su lado, el PP de Melilla defendió ayer el uso del velo islámico (hiyab) si es una decisión voluntaria de las mujeres y no supone una imposición o una medida que coarte sus libertades, informa Efe. La senadora popular por Melilla, María del Carmen Dueñas, insistió en que su partido “estará en contra” del velo islámico si es “impuesto de manera coercitiva”.

Quienes han defendido la prenda han sido organizaciones musulmanas. La presidenta del Centro Cultural Islámico (CCI) de Valencia, Amparo Sánchez, manifestó ayer que la decisión de llevarlo o no es libre y forma parte de su práctica religiosa, informa Cristina Vázquez. Sánchez invitó a Aído a que visite el centro islámico para que conozca a mujeres “que llevan velo” y “a las que no”. Sánchez no ha visto “desprecio” en las palabras de la ministra, sino falta de conocimiento. “El velo forma parte de nuestra práctica religiosa”, subrayó.

La Asociación Intercultura defendió también el hiyab como una seña de identidad y una opción personal. “Cabría preguntarle a la ministra si las musulmanas deben llevar minifaldas o escote para ser respetadas”, dijo su presidenta, Yonaida Selam.


Véase Las chicas con hiyab hablan

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La ministra Aído habla de lo que no sabe



"Nosotras llevamos el velo porque nos da la gana"


Público, 26 de junio de 2008


Los musulmanes afincados en España respondieron hoy a la ministra de Igualdad, Bibiana Aído, que las mujeres llevan el velo islámico “porque les da la gana” y le pidieron “que no hable de lo que no sabe”. Las organizaciones islámicas reaccionaban así ante las declaraciones de la titular de Igualdad criticó hoy que los hombres musulmanes que residen en España puedan vestir “de modo occidental” mientras que las mujeres deben llevar “vestidos largos que les tapen el cuerpo” y el pañuelo.

El presidente de la Federación Española de entidades Religiosas Islámicas, Félix Herrero, indicó a Europa Press que las mujeres musulmanas llevan el pañuelo “de forma voluntaria, como lo demuestra que unas visten con él y otras sin él”.

Por su parte, el presidente de la Junta Islámica, Mansur Escudero, destacó que “el velo no es ninguna imposición” y añadió que el Corán recomienda “vestir con modestia tanto a hombres como a mujeres”. Además, aseguró que en España “la violencia de género es mayor que en los países islámicos”.


Emblema de la campaña contra
la represión del hiyab en Alemania

No a la prohibición del pañuelo
Mi cabeza es mía
No nos dejaremos dividir

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Libros: Las chicas con hiyab hablan

Les filles voilées parlent, Cuarenta y cinco textos y entrevistas recogidos por Ismahane Chouder, Malika Latrèche y Pierre Tevanian. Editions La Fabrique, París, 2008.


Por primera vez un libro aborda la cuestión del pañuelo dando a las mujeres que lo llevan el estatuto de sujetos y no de objetos. Les filles voilées parlent ofrece un espacio para la palabra consecuente (más de 330 páginas) a cuarenta y cuatro mujeres musulmanas con hiyab que viven en Francia, de todas las edades y perfiles, y las deja hablar de lo que ellas quieren, como ellas quieren y en el registro que ellas quieren. El resultado es impresionante, tanto por la manera como se desbaratan las ideas recibidas sobre "la" mujer con hiyab, como por el cuadro sombrío que presenta de la estigmatización, las discriminaciones y las violencias que se hacen en Francia a las mujeres que discrepan de la norma vestimentaria dominante. En el texto que sigue, quienes han coordinado el libro nos presentan más en detalle el proceso que han llevado adelante y las enseñanzas que sacan de él.

Sería vano proponer un análisis o una síntesis de la palabra que se expresa en este libro, porque es muy rica, compleja y diversa. Donde el rodillo compresor mediático y la demagogia política amalgaman, generalizan y homogeneizan todas las situaciones tras un tipo ideal de "la" mujer que lleva hiyab, o "del" hiyab como "símbolo de opresión", nosotros/as hemos encontrado, por el contrario, mujeres y adolescentes -cuarenta y cuatro en total- todas diferentes unas de las otras: unas, alumnas "brillantes", otras no tanto; algunas extrovertidas, otras más reservadas; temperamentos "rebeldes" y otros más "reposados"; mujeres comprometidas en la vida asociativa, social o política, otras por el contrario atraidas por el repliegue hacia la familia, el entorno próximo o la comunidad: optimistas y pesimistas -y muchos otros matices todavía... A la demonización que demasiado a menudo utilizan los demagogos que nos gobiernan y nos informan en Francia, este libro no opone la idealización, sino la humanización: dando la palabra a las mujeres que llevan hiyab, se les deja su humanidad, o se les da la ocasión de manifestarla claramente.

Cada mujer o adolescente manifiesta esta humanidad por medio de lo que es justamente lo característico de la especie humana: su propia palabra. Una palabra en primera persona, que nos aleja de generalizaciones sobre "el velo" y "su significado", para permitirnos entrever, tanto por su contenido como por su tono o estilo, personalidades singulares e interesantes. Si la cuarentena de mujeres que se expresan en este libro es representativa de algo, es precisamente y ante todo de la infinita diversidad de situaciones, de trayectorias y de temperamentos que abarca el conjunto de las mujeres que llevan hiyab. El libro no pretende por lo tanto dar una visión exhaustiva, sencillamente porque ningún libro podría hacerlo. Este libro es "realista" porque deja ver la diversidad infinita de lo real, pero es un libro abierto, que quiere ser también un acicate para nuevas tomas de palabra.

Sin embargo, de esta diversidad emergen por supuesto ciertos rasgos comunes significativos. Por ejemplo, aunque su itinerario hacia el hiyab sigue caminos diversos (desde la reproducción temprana de una tradición familiar hasta una evolución más tardía y más solitaria, asumida al margen o incluso en contra del entorno familiar, con todos los matices intermedios posibles), todas a su manera han elegido su hiyab. Lo han hecho por supuesto a partir de una herencia y de un entorno dados, pero ha sido en todo caso su elección. La mayoría se refiere al hiyab impuesto como una situación posible pero muy minoritaria, y todas la condenan. Y esto también lo confirman todas los sondeos sociológicos: el hiyab forzado es extremadamente minoritario, y efectivamente rechazado por la inmensa mayoría de las mujeres musulmanas, lleven ellas hiyab o no.

En resumen, estamos muy lejos de la tipología maniquea que nos imponen los defensores de la ley de 2004 en Francia, que divide a las mujeres "veladas" en dos grupos: una mayoría silenciosa de "víctimas", "forzadas" a llevar el "velo", y una minoría activa de infatigables "militantes" y temibles "soldadas del fascismo verde". Más allá de sus diferencias, las mujeres y las adolescentes que hemos entrevistado tienen en común que son un desmentido viviente de estos estereotipos. Todas han elegido llevar su hiyab, y esta elección no les impide para nada considerarse partidarias de la laicidad tal como funcionaba hasta 2004: neutralidad religiosa del Estado, de las instituciones y de los agentes del servicio público, pero no de los usuarios del servicio público; libertad de conciencia y de expresión para todas las personas, sean cuales sean sus creencias o descreencias. Algunas de ellas tienen un verdadero conocimiento sobre el asunto y citan la ley de 1905, las leyes Ferry-Goblet sobre la laicidad de la escuela o incluso la recomendación del Consejo de Estado de 1989, mientras que otras formulan su "concepto de laicidad" de manera más intuitiva, pero conforme al espíritu de estas leyes. Todas demuestran que, contrariamente a lo que se ha venido diciendo sobre ellas, saben sentir, observar, entender, razonar, argumentar, en definitiva: pensar. Esto es evidente, se dirá -desgraciadamente no lo es para todo el mundo.

En los textos recogidos llama también la atención que pocas de las entrevistadas se extiendan sobre el hiyab mismo y sobre el significado que ellas le dan, aunque esta pregunta formaba parte de los temas que les propusimos. Sin duda esto es así para muchas porque su preocupación principal estaba en otro lado: en testimoniar su situación de mujeres estigmatizadas y excluidas, en expresar sus inquietudes y llamar a la tolerancia y al diálogo, o incluso "hablar un poco de otra cosa" tras la "sobredosis" mediática, por retomar las palabras de una de ellas. Pero otra razón se desprende de numerosos textos. Algunas de ellas expresan con fuerza el enfado y la irritación que les produce esta cuestión, que afecta a la intimidad y a lo inexpresable, o a lo difícilmente expresable, y más aún: la forma y las condiciones bajo las que se les plantea a menudo esta cuestión.

La lección de este libro, de este punto de vista, no es ciertamente que "el hiyab significa esto y lo otro, y se lleva por esta y esta razones" -estas respuestas no pueden ser sino singulares. La lección es más bien una doble invitación, a la prudencia intelectual y al tacto. Prudencia intelectual porque, y así lo subrayan varias autoras, no es posible asignar un significado simple y único a una elección tan personal. Tacto porque tal y como explícitamente lo expresan algunas: hay cuestiones íntimas y complejas que no se preguntan a bocajarro a las mujeres nada más encontrarse con ellas, y más en un clima social en el que "todo lo que digan puede ser utilizado en su contra".

El punto común más impresionante está en otro lado. Es la experiencia íntima de la estigmatización. Las formas y el nivel de violencia son variables: algunas han podido evitar que las excluyeran de los centros escolares o de que les quitaran a la fuerza el hiyab, otras no; pero todas se refieren a las miradas agresivas o a los comentarios insultantes. Y todas han escuchado claramente los mismos comentarios, que pueden resumirse en dos exhortaciones: "Vuelve a tu país" y "Vete a la cocina". Es decir: el racismo y el sexismo.

Hacía falta que se dijera todo esto. Hacía falta que un libro ofreciera a estas mujeres un espacio donde esto se pudiera decir. Porque sobre este particular los medios de comunicación permanecen casi mudos. Es increíble el contraste entre el alboroto mediático y los comentarios interminables producidos en torno al "hiyab en la escuela" y el silencio de muerte que se ha abatido sobre las "mujeres con hiyab excluidas de la escuela". En cuanto a los políticos, basta con recordar el idílico balance oficial que ha presentado Hanifa Cherifi en septiembre de 2005 a propósito de la ley del 15 de marzo de 2004. Este informe es un modelo de inhumanidad tecnocrática, profusamente lleno de cifras y curvas sobre el número de "casos" o de "signos" registrados en las escuelas en diferentes fechas. La autora del informe se alegra de ver la curva declinar y alcanzar progresivamente el nivel "cero", y la conclusión se impone por sí misma: ¡el balance de la ley es positivo! De tal manera que cuando se cierra este impresentable folleto de 50 páginas uno no sabe nada -pues no se le dedica ni una frase- del estado psicológico en el que se encuentran las adolescentes a las que se les ha impedido llevar el hiyab, de la forma en que se desarrollan sus cursos escolares, de qué pasó con las 50 expulsadas y las 60 que dimitieron, sin hablar de las desescolarizaciones no contabilizadas (las de las chicas que han renunciado a la escuela sin siquiera volver a clases en septiembre). Tampoco sabemos nada del recrudecimiento de las agresiones y de las discriminaciones contra las "mamás con hiyab", a menudo delante de sus propios hijos, con todas las consecuencias psicológicas que esto puede suponer, o más ampliamente contra las mujeres que llevan hiyab fuera del medio escolar.

Son estas preguntas ocultas las que hemos querido responder, y no podíamos hacerlo sino dando la palabra a las interesadas, ofreciéndoles un espacio hasta ahora inexistente para que contaran lo que viven, lo que experimentan, y cómo lo analizan, cómo lo aguantan, cómo resisten. Nuestro libro es desde este punto de vista como un "libro negro" de la ley anti-hiyab, y en un sentido más amplio de la "hiyabofobia" contemporánea.

Pero no es solamente esto. Porque las mujeres que hemos entrevistado no son solamente víctimas. Ellas mismas rechazan precisamente definirse como tales. Y leyéndolas comprendemos por qué. No es que ellas no sean las víctimas -que lo son es más que evidente. Es que una víctima nunca es sólo una víctima: toda persona que sufre una discriminación se apoya en los recursos de que dispone para resistir y afirmar su dignidad. Adaptación, enfrentamiento, esquivamiento, humor, esperanza: las estrategias son diversas y también pueden ser combinadas.

Llama la atención en los diferentes relatos la casi ausencia de la Justicia, de la Escuela francesa y de las organizaciones progresistas tradicionales. El cuerpo de enseñantes salvo excepciones brilla por su ausencia, los servicios sociales no son siempre tan compasivos, por no hablar de los cargos locales, de los "grandes intelectuales", de los partidos de izquierdas o de las asociaciones antirracistas y de defensa de los derechos humanos, ausentes de la mayoría de los relatos. Hay excepciones, por supuesto: un/a profesor/a, un/a vecino/a, un/a compañero/a de trabajo, un/a sindicalista o un/a militante de algún movimiento asociativo que supo dar pruebas de empatía y de solidaridad con hechos concretos. Pero estamos lejos por ejemplo del gran -y más que necesario- movimiento de solidaridad que ya está construyéndose desde hace unos años en torno a los alumnos sin papeles.

La última constatación tiene valor de interpelación, y hace de este libro una especie de carta abierta. Las mujeres que se expresan en sus páginas no hacen nada más que dar testimonio, nada más que informarnos y conmovernos: ellas acusan, analizan, interpelan. Acusan no a la sociedad francesa en su conjunto, sino a sus dirigentes y a su cuerpo de enseñantes, subrayando la brecha que se abre entre los proclamados ideales de libertad, igualdad y fraternidad y su propia realidad vivida. Analizan los desfallecimientos de esta República, sus causas y sus reprobables consecuencias. Finalmente ellas nos interpelan, a todos y a todas, poniéndonos frente a nuestras contradicciones, nuestra ceguera, o nuestra pasividad cara a la exclusión. Aunque algunas, las más jóvenes y las más duramente reprimidas (especialmente las que han sufrido la exclusión o les han quitado el hiyab a la fuerza en la escuela), expresen cólera, en términos a menudo duros, todas manifiestan un arraigo profundo en la sociedad francesa, y una voluntad de ser ciudadanas como las otras, tratadas como tales. Todas expresan el deseo de participar plena y positivamente en la vida del país, como estudiantes, como trabajadoras, como madres de alumnos/as, como ciudadanas. Pero todas dicen también chocarse con una desconfianza o un recelo agotadores y desanimantes.

Algunas eligen ser "conciliadoras", redoblan sus esfuerzos y su paciencia para resultar útiles y agradables, otras eligen "exigir el respeto" por una actitud más combativa e intransigente en la defensa de sus derechos; otras salen por el humor, o se dicen tentadas a renunciar, a volver al hogar, a replegarse hacia la comunidad o la expatriación. Pero lo que es llamativo es que no hay dicotomía real: las mujeres que se repliegan no querían hacerlo inicialmente, y las que luchan contra este repliegue nos dicen comprenderlo a pesar de todo, e incluso pensar en él a veces para ellas mismas. Estas últimas nos dicen también que en su alrededor muchas de sus amigas comienzan a resignarse.

Nada está pues fijado, y el futuro depende por lo tanto de todos/as nosotros/as. Esta es precisamente la interpelación que nos dirigen las autoras de este libro: hay una elección de sociedad que tomar y que asumir. Somos nosotros/as los que tenemos que decir si queremos vivir separados/as. Somos nosotros/as los que tenemos que decir si aceptamos que "en nombre del pueblo francés", es decir en nuestro nombre, una ley excluya a escolares de los colegios. Somos nosotros/as los que tenemos que decir si aceptamos que en nombre del feminismo se insulte, humille o discrimine a mujeres. Somos nosotros/as los que tenemos que decir si aceptamos que en nombre de la laicidad o del "vivir juntos" una parte de la población sea sometida al ostracismo y se la vincule sin cesar con una "diferencia" supuestamente "inasimilable". Somos nosotros/as los que tenemos que decir si aceptamos estas lógicas de la exclusión o si preferimos aceptar la invitación que implica este libro: "dejad de juzgar, apagad el televisor y abramos el diálogo".

Fuente: Les Mots Sont Importants
Traducción Observatorio de la Islamofobia

De la página web de la editorial:

Mona: "Al argumento del hiyab "símbolo de opresión de las mujeres" yo planteo la pregunta: ¿opresión para quién? No para mi. Yo soy libre en mis elecciones, y yo he elegido llevar el pañuelo, es una expresión de mi libertad..."

Nayer: "En cuanto llegué, cuando ellos me vieron con mi hiyab, me dijeron que la plaza estaba cubierta..."

Malika:
"Ella dijo: «¿Acaso esperas encontrar un empleo con eso que llevas en la cabeza?». Me levanté, y le recordé las leyes de la República..."

Jadiya: "Nuestra exclusión estaba a la orden del día, y me encontraba con militantes de los Verdes, o de las JCR, o incluso feministas, ¡que me psicoanalizaban, o que me hacían exégesis del Corán!..."

Ismahane: "Estábamos muchas de Feministas por la Igualdad en la manifestación, y Malika y yo llevábamos el hiyab, y un tío furibundo se puso a gritarnos «¡Ni Dios ni amo!». Yo le contesté: «¡OK, entonces tú no eres mi amo!» (risas)."


Pierre Tevanian enseña filosofía en Drancy. Es coanimador del colectivo "Les mots sont importants" [Las palabras son importantes] y ha publicado varios libros, entre ellos el Dictionnaire de la lepénisation des esprits (Diccionario de la lepenización de los espíritus. Ed. L’Esprit frappeur, 2002), Le Ministère de la peur (El Ministerio del miedo. Ed. L’Esprit frappeur, 2004), Le Voile médiatique (El velo mediático. Ed. Raisons d’agir, 2005) y La République du mépris (La República del desprecio. Ed. La Découverte, 2007).

Ismahane Chouder es miembro del colectivo "Una Escuela para Todos/as" y antigua vicepresidenta del colectivo "Feministas por la Igualdad". Ha contribuido a la obra colectiva Le Livre noir de la condition des femmes (El libro negro de la condición de las mujeres. XO Editions, 2006).

Malika Latrèche trabaja en "Una escuela para tods/as" y defiende a las madres que han sido excluidas de las salidas de los colegios. Desde octubre de 2006 copreside el colectivo "Feministas por la Igualdad".

Mujeres en el Islam: ¿Doncellas en apuros?



por Soumaya Ghannoushi


Parece que las mujeres musulmanas -especialmente las que vivimos en las ciudades occidentales- estamos destinadas a ser acosadas por dos debilitadores discursos que, aunque diferentes en apariencia, son uno en esencia.

El primero de estos discursos es conservador y exclusionista, y condena a las mujeres musulmanas a una vida de embarazos y de crianza de niños, que se desarrolla en los estrechos confines de los hogares y a merced de padres, hermanos y maridos. Este discurso, que gira en torno a las nociones de pureza sexual y honor familiar, recurre a la religión para justificarse y legitimarse.

El otro es un discurso de "liberación" que promete romper las ataduras de la mujer musulmana y liberarla del opresivo yugo de una sociedad agresiva, patriarcal y atrasada. La mujer musulmana es, según este discurso, una masa de desposesión y esclavitud, la encarnación de la seclusión, el silencio y la invisibilidad. La única esperanza de liberación de la caverna de velamiento y aislamiento en la que se halla, radica en la intervención benevolente de esta fuerza de emancipación. Ésta salvará a la mujer musulmana de su existencia infernal, miserable y sombría, y la llevará al cielo prometido de la ilustración y el progreso.

Se trata de un juego de opuestos que contrapone un estereotipo a otro: la víctima femenina musulmana miserablemente encerrada, y su cruel sociedad carcelera, frente a un "Occidente" idealizado que es el culmen de la ilustración, de la razón y de la libertad. Las que escapan del rebaño son aupadas a la vista de todos como testimonios vivientes de lo arduo de la transición desde las penumbras de la tribu, la tradición y la religión, hacia el amanecer de la razón, el individualismo y la liberación.

No se trata de negar las múltiples injusticias que paralizan las vidas de muchas mujeres musulmanas e impiden el desarrollo de todas sus capacidades. Pero estas injusticias aparecen en estos discursos de liberación condescendiente como las características esenciales de millones de mujeres musulmanas de todo el mundo, y como exclusivas de ellas. No hay colores, tonos o sombras. No hay mujeres musulmanas vivas y reales: urbanas o rurales, con estudios o sin ellos, acaudaladas o pobres, turcas, malayas o egipcias -diferencias tan cruciales a la hora de definir las oportunidades de vida de las mujeres y de determinar sus situaciones.

Todo lo que sabemos sobre esta criatura fantasmal es su identidad musulmana, como si estuviera enteramente formada y afectada por la religión, sin influencia de su ámbito social, de sus circunstancias económicas, de la realidad política, o de las tradiciones culturales regionales y locales.

Este discurso gira alrededor de una "Mujer musulmana" ahistórica y universal; es un modelo opresivo que aplasta a las mujeres musulmanas de carne y hueso, que les niega su subjetividad y su singularidad, y que dice poder resumir sus vidas con todas sus vicisitudes y detalles desde la cuna hasta la tumba. Este discurso se reserva en exclusividad para sí mismo el derecho a hablar por ellas, les guste o no.

Las imágenes que se fabrican de la mujer musulmana sirven a una doble función legitimadora, pues confirman y justifican los discursos de Occidente sobre sí mismo, y sobre el Otro musulmán. La mujer musulmana victimizada es el lente a través del que se mira al Islam y a la sociedad musulmana. En la época medieval la mujer musulmana era representada como una poderosa e impresionante reina (como Bramimonda en la Canción de Roland, o Belacana en Perceval), reflejando así una poderosa e impresionante civilización musulmana. Y cuando el equilibrio de poder comenzó a cambiar a favor de Europa en los siglos XVII y XVIII, se la hizo reflejar la fortuna en descenso de su sociedad. Se la convirtió en una esclava de harén, llevando apenas una existencia de animal mudo, subyugada, inerte, abyecta, desposeída e invisible. Ella es entonces la encarnación de la quintaesencia de un Islam despótico, deforme y atrasado.

Entonces es Europa, después Occidente, quien debe penetrar su jaula de hierro y romper sus grilletes. Debe salvar a la víctima y civilizar a sus opresores. Cuanto más victimizada sea "la Mujer musulmana", más grande será la necesidad del liberado Occidente de liberarla. La noble intervención es por ella y en su interés, no por Occidente o sus intereses.

Desde luego no ha sido coincidencia que un elevado número de oficiales y funcionarios coloniales recogieran en extenso ejemplos de barbarie entre los colonizados, prácticas como el sati en la India, la prohibición de la viuda de casarse, o el matrimonio entre niños, o la mutilación genital en África. Aunque estas cosas no eran invenciones, su registro detallado tuvo y tiene todavía un objetivo: sumistra el fundamento moral para la intervención.

Como apunta un verso de Torcuato Tasso:

"Y cuando su ciudad y su país se perdieron,
fue más amada y respetada."

Pero "amor" y "respeto" no ha sido precisamente la experiencia de las mujeres iraquíes cuando sus ciudades cayeron bajo la ocupación estadounidense. Derechos que tardaron décadas en consolidarse se han desplomado en el espacio de meses. De ser doctoras, científicas, ingenieras o mujeres de negocios, hoy han pasado a verse encarceladas en sus casas incapaces de moverse alrededor por miedo a ser secuestradas, violadas o asesinadas. Las que escapan a las bombas y balas del ejército de ocupación, mueren a manos de las fuerzas de seguridad iraquíes y de las milicias sectarias que han surgido desde 2003. En los últimos tres meses cuarenta y cinco mujeres inocentes han sido asesinadas a sangre fría en Basora.

La verdad es que igual que hay una máquina militar de hegemonía, hay una máquina discursiva de hegemonía. Cuando los ejércitos se mueven sobre el terreno para conquistar y subyugar necesitan una cobertura moral e ideológica. Esto es lo que les da su razón de ser a los discursos dominantes sobre "la Mujer musulmana".

No hay que asombrarse pues de que estos guerreros de la liberación de "la Mujer musulmana", los Nick Cohen, Christopher Hitchens o Pascal Bruckner, sean los mismos que celebraron y homenajearon a las tropas estadounidenses/británicas cuando arrasaron todo en su camino a Kabul y Bagdad, y que sin duda celebrarán y bailarán una vez más si Irán o Siria fueran las siguientes bombardeadas. Son apologistas de la hegemonía. Sin ellos, el rey no llevaría camisa.


Soumaya Ghannoushi es investigadora de la Universidad de Londres.

Fuente: Alternet, 18 de diciembre de 2007
Traducción Observatorio de la Islamofobia

Todos usamos el velo



por Félix Etxeberría



El velo como excusa para ocultar los problemas. Tanto en la escuela, como fuera de ella, surge periódicamente el debate en torno al uso del velo, la prohibición de llevarlo, los peligros de esa costumbre, el conflicto entre la familia y la escuela, entre las instituciones y el derecho y la libertad de las personas. Pero da la impresión de que muchas veces el tema del velo no es más que una tapadera, una excusa para tratar de un aspecto del problema que oculta otros mucho más importantes. El tema del velo esconde otros debates mucho más importantes, como la falta de integración de los inmigrantes en las escuelas, el mayor fracaso escolar, las dificultades para euskaldunizar a esos alumnos, la ausencia de inmigrantes en los altos niveles de la educación, las concentraciones de inmigrantes en centros pobres, el poco caso se hace a su lengua y cultura de origen, sin olvidar otros problemas de las familias inmigrantes, como la vivienda, el empleo o la regularización de sus papeles. Hablemos del velo y nos olvidaremos de lo demás.

Relativizar el velo. El velo que escandaliza a algunas personas es una costumbre que debe ser contemplada con cierto relativismo y con una mayor dosis de tranquilidad.

Para empezar, el problema que estamos analizando no es el del velo sino el del pañuelo (Hiyab). Nuestro desconocimiento de la cultura de los inmigrantes nos hace caer en el error de confundirlo todo. Una cosa es el pañuelo que cubre la cabeza y otra es el niqab (un manto negro con rendijas en los ojos) o el burka.

En segundo lugar, en la escuela, como ya hemos visto, existen problemas muchísimo mayores que el pañuelo. Empecemos por la concentración de los alumnos inmigrantes en el modelo A, en el cual no podrán aprender nunca el euskara; o la mayor concentración en centros públicos y privados con pocos recursos; o en el mayor fracaso escolar y su menor presencia en los niveles superiores de la educación, o en el poco caso que se hace a su lengua y cultura de origen. ¿Por qué hablamos del velo y no de estos problemas que son mucho más profundos?

No estaría de más recordar que nuestras abuelas utilizaban, hasta hace cuatro días, pañuelos y mantillas. Que en los años 60 estaba de moda ponerse pañuelos, cintas y diademas y que doña Rogelia lo sigue utilizando todavía.

Por otra parte, ¿quién se puede escandalizar por el velo, cuando nuestras jóvenes utilizan pañuelos, diademas, cintas, gorras y camisetas con símbolos de todo tipo? ¿Cómo podemos decir que hay que prohibir los símbolos religiosos en unas escuelas en las que se vive rodeado de cruces, belenes, vírgenes, celebraciones de Navidad, Semana Santa, de Santo Tomás, Santa Agueda?

Finalmente, ¿qué problema provoca el uso del pañuelo en la escuela? Ninguno. No pasa nada por llevar pañuelo o por no llevarlo. En Londres o en Berlín, las jóvenes llevan el pañuelo en clase, en mucha mayor proporción que aquí y no pasa nada. El único problema existente es que quienes piensan que la religión católica es la única verdadera o quienes rechazan a los inmigrantes y sus culturas se niegan a admitir la presencia de los extranjeros con sus ropas y sus costumbres. Los casos que estamos conociendo estos días, en Ceuta y Girona, con expulsiones por parte del centro, han recibido el rechazo por parte de la Administración educativa. El propio Ministerio ha tenido que obligar a los centros a admitir a las alumnas. Y no pasa nada.

El pañuelo como seña de identidad. Hay que tener en cuenta que el pañuelo es un rasgo cultural, una seña de identidad, de una comunidad que tiene una tradición y unas costumbres determinadas. También entre nosotros se utilizan pañuelos en las fiestas, por ejemplo las caseritas; nuestros niños y niñas se visten de traje para las comuniones y otras celebraciones; nuestros niños y jóvenes se visten con la camiseta de la Real, la foto del Che, la imagen de Jesús, o la planta del cánnabis o un sinfín de motivos que lucen orgullosos en su pecho y espalda. ¿Por qué nos tiene que molestar?

El pañuelo como discriminación. Dicho lo anterior, no podemos pasar por alto que el pañuelo puede ser una seña de discriminación, de imposición familiar en contra de la libertad de las niñas. No siempre es así, porque también hay quienes lo llevan voluntariamente, como una costumbre cultural, con total naturalidad.

En todo caso, si en la escuela se detecta un problema de falta de libertad, de imposición, este problema abriría el debate sobre la libertad y los derechos de los niños y las niñas, pero el conflicto no se resuelve con la prohibición, sino con el diálogo. Esto exige trabajo en la escuela, debate y cooperación padres – escuela sobre derechos humanos, libertad, etcétera.

Todo ello significa una labor lenta, serena, un proyecto de integración conjunto y una voluntad de convivencia con los inmigrantes.

Pero este asunto no es nada nuevo, porque probablemente también habría que hacerlo con las familias autóctonas respecto a temas como la comunión, Navidades, Semana Santa. ¿La manera de vestir de nuestros niños y niñas, las ideas religiosas que les transmitimos, las fiestas y costumbres son totalmente libres o hay cierto grado de imposición? ¿Nuestros niños hacen la comunión totalmente libres, sin ninguna presión? ¿Son estas fiestas auténtica muestra de fe o están dominadas por el consumismo?

¿Estamos dispuestos a debatir de todo, de nosotros también, o solamente sobre el velo de ellas? Si no es así, probablemente estaremos usando el velo para ocultar los verdaderos problemas con los inmigrantes, nuestros miedos y nuestro rechazo.


Fuente: Diario Vasco, 12 de noviembre de 2007

Conflicto por un pañuelo



por Josep Miró i Ardèvol



El caso de la niña musulmana de Girona que cubría sus cabellos con un pañuelo, el hiyab, concierne a dos garantías constitucionales básicas y a su jurisprudencia: el Tribunal Constitucional establece que “la libertad de creencias garantizada en el artículo 16.1 de la Constitución (CE) protege frente a cualquier clase de compulsión externa de un poder público en materia de conciencia que impida (...) hacer manifiesta su creencia si así lo quiere (dimensión externa)”. “Los poderes públicos conculcarán dicha libertad (...) si perturban o impiden de algún modo la adopción, el mantenimiento o la expresión de determinadas creencias”.

La libertad en materia religiosa confiere el derecho a manifestarla públicamente, también en la escuela, claro está. Esto es así en España y en toda Europa, con dos únicas excepciones circunscritas a Francia y a Turquía, una democracia tutelada por el ejército.

Por su parte, los padres tienen el derecho constitucional de velar por la educación moral y religiosa de sus hijos (incluida la escuela) y los poderes públicos el deber de que ello sea posible (art. 27.3 CE).

Un derecho, que como la libertad religiosa, es universal porque forma parte de la Declaración Universal de Derechos Humanos (1948), de su concreción en los Pactos Internacionales sobre Derechos Civiles y Políticos; Económicos, Sociales y Culturales (1966), y también es contemplado por el Convenio para la Salvaguarda de los Derechos Humanos y Libertades Fundamentales de 1952, el Tratado Constitucional de la Unión Europea, y el propio Estatuto de Autonomía.

Si todo esto es papel mojado, vale, se puede discutir el derecho a ir a la escuela con el hiyab, pero entonces olvidémonos del Estado de derecho, y de que este país sea una democracia, que como tal requiere del pluralismo, según sentencia del TC.

Un padre y una madre no lo son menos por el hecho de ser musulmanes, y su condición de inmigrantes o conversos es anecdótica en el ejercicio de sus derechos. Del mismo modo, el concepto de laico o aconfesional de la escuela pública no puede ejercerse en contra de lo establecido por la Constitución.

Por otra parte, resulta extraño que quienes se dicen defensores de la familia y la libertad religiosa, caso de CiU y PP, sostengan aquí tesis contrarias a ambas.

A quienes en nombre del multiculturalismo defienden el derecho al hiyab, hay que reclamarles idéntico respeto hacia los símbolos y prácticas cristianas, porque el ensañamiento con ellas, su ridiculización, es una forma de coerción cultural y social contraria al pluralismo democrático y al más elemental respeto a la creencias profundas de las personas.

Fuente: La Vanguardia, 15 de octubre de 2007

Desvelos educativos




por Joan Subirats


Fotos en portada, conexiones en directo con la escuela, entrevistas con los padres, editoriales y artículos de periódico y, evidentemente, apasionadas tertulias en los medios han sido el gran despliegue que ha acompañado el hecho específico y aparentemente anodino que en Girona una niña de ocho años acuda a la escuela con un pañuelo que cubre su pelo. Observando la vestimenta con que muchos niños y adolescentes asisten a clase en centros de primaria y de secundaria, no parece que el tema mereciera esa atención. No trato de aparentar una falsa ingenuidad. Simplemente constato que el pañuelo en la cabeza de Shaima forzosamente acumula muchos implícitos para concitar tanta expectación y controversia. ¿Cuál es el problema? ¿Estamos ante un choque de principios, valores o derechos? ¿Se trata de defender el espacio – público – escuela de todo signo religioso? ¿La cuestión es establecer los límites que toda persona inmigrada debe evitar traspasar si pretende seguir en el país? O, de manera más general, ¿cuál es el modelo (político y teórico) que responde a la atención a la diversidad cultural en nuestro contexto? Como bien sabemos, depende de cómo definamos el problema el tipo de política o de respuesta será distinta. El reglamento interno de la escuela de Girona lo definía como una vulneración del principio de igualdad entre los alumnos. El Departamento de Educación ha considerado que debe prevalecer el derecho a la educación por encima de otras consideraciones y normas internas de los centros. Para Duran Lleida se trata de “marcar los deberes de los inmigrantes para no perder los valores de la cultura propia”. El apenas estrenado líder del PP en Cataluña, Daniel Sirera, nos ha recordado a Mayor Oreja y Pilar del Castillo al decir, como ellos en 2002 en una situación similar en Madrid: “Las personas que vienen aquí deben tener claro que aquí hay unas normas. Hoy es el velo, mañana otra cosa”. El responsable de CC OO de la enseñanza, José Campos, ha puesto la guinda con su frase “No estamos de acuerdo con el velo; es como si los niños católicos fueran vestidos de nazarenos”. El diario La Razón abría ayer su crónica del tema afirmando: “el pulso entre la tradición del islam y la escuela pública española… se ha decantado del lado religioso”. Más allá del tremendismo de muchas de esas opiniones, nos queda la sonrisa de Shaima en su reincorporación a la escuela.

Cualquier observador atento a la realidad contemporánea, percibe que uno de los grandes retos que surge del cambio de época en el que estamos sumergidos es el de saber acoger al nuevo alumnado inmigrante en las estructuras educativas del país de acogida, y hacerlo de manera coherente con un cierto modelo, explícito o implícito, en el que fundamentar las acciones que emprender. Como dice uno de los autores con quien más cosas comparto en este tema, el canadiense Joseph Carens, “estas situaciones son particularmente complejas cuando los que están implicados son niños, precisamente lo que está en juego es cómo se construyen los contextos culturales en los que están inmersos”. Y prosigue, “las respuestas apropiadas en estos casos es reconocer que el valor de los derechos liberales convencionales, y el cómo funcionan las instituciones que de esos derechos se derivan, no puede separarse de cómo afectan de forma concreta en las vidas de la gente”. Por lo que sabemos, los efectos inmediatos de la no continuidad de Shaima en la escuela de Girona habría sido su regreso a Marruecos.

Desde mi punto de vista, en el plano de los valores, no podemos seguir defendiendo la peregrina idea que igualdad y diversidad son temas antagónicos. Lo contrario de igualdad es desigualdad, y lo contrario de diversidad es homogeneidad. No creo que pueda abordarse de manera seria el tema de la ciudadanía en sociedades como la nuestra, sin tratar de mantener la tensión y la atención, de forma simultánea, en los temas de autonomía personal, de igualdad y de diversidad. Y en el caso de Girona, todo ello está en juego. Si situamos el tema religioso en primer término, como se hace en algunas de las opiniones recogidas más arriba, y lo hacemos no en términos de autonomía personal y de reconocimiento de la diversidad, sino en términos de “sociedad que ha progresado y ha relegado la religión a la esfera estrictamente privada” frente a “sociedad que confunde religión y sociedad y que no puede acceder a la modernidad”, nos equivocaremos de manera radical. Entiendo que muchos de los recién llegados viven con cierta indiferencia su identidad religiosa, pero los que se refugian en ella chocan con un entorno que pretendidamente es de neutralidad laica, pero que realmente está lleno de signos, guiños y complicidades católicas. Solemos entender como natural lo que nos parece cercano, y condenamos como arcaico lo que nos resulta extraño. Es evidente que, en palabras de la antropóloga Dolores Juliano, si aceptamos sin debate alguno las cuestiones diferenciales, podemos derivar a que se construyan reductos de diferencia que cercenen la necesidad de buscar y encontrar lazos comunes. Y eso ya está ocurriendo en algunos países con la creación de escuelas “sólo para musulmanes”. No podemos llegar al punto en el que, como ocurre en Francia, centenares de adolescentes (musulmanes, sijs,...) se sitúen en el terrible dilema de: “sigo estudiando o sigo con mis convicciones religiosas y la expresión pública de las mismas”. Tampoco podemos aceptar que la diversidad y el conflicto acaben construyéndose sobre bases inmateriales, poco vinculadas a las condiciones de vida y de trabajo, a la falta de capacidad de decisión política o la clara subordinación económica. Todo parece girar con relación a las partes del cuerpo que se muestran, las relaciones entre sexos, las abluciones diarias, lo que se come, cómo se nace o cómo se muere. Y eso enmascara explotación económica, dependencia personal o precariedad galopante.

Si seguimos el camino francés de regular de manera universal este tipo de situaciones nos equivocaremos. Prefiero la visión anglosajona de evitar generalizaciones y trabajar en procesos concretos. Sin falsos neutralismos. En el Reino Unido, en muchas escuelas públicas, la incorporación de velos o turbantes está limitada a espacios donde no se ponga en peligro la integridad física de los que los muestran (laboratorios, actividad física,...) e incorporan formas de conexión con la comunidad escolar en su conjunto (colores de la escuela, símbolos comunes, etcétera). Seguramente, eso nos muestra las potencialidades de visiones más apegadas al terreno, menos identitarias y excluyentes. En 1986 el Consejo de Europa decía: “Una pedagogía intercultural no es ni la yuxtaposición de materias culturales, ni su amalgama. El objetivo que persigue no es la hibridación intelectual a través de una manipulación pedagógica, sino el enriquecimiento y la comprensión mutua por medio de aprendizajes sobre el fundamento cultural de cada cual (...) con la finalidad de que se respete la propia cultura, y que sea valorada a los ojos del resto”. Las identidades no son previas a la integración, sino que se constituyen a lo largo de un proceso que genera un incesante entrelazamiento de perfiles. El resultado no es un mosaico de esencias, sino más bien interacciones en constante redefinición y nunca cerradas del todo.

Fuente: El País, 4 de diciembre de 2007

Libros: Las feministas y el muchacho árabe


Nacira Guénif-Souilamas y Eric Macé: Les féministes et le garçon arabe [Las feministas y el muchacho árabe]. París: Editions de l'Aube, 2004.



Extractos de una entrevista con Eric Macé:
“El feminismo republicanista francés es un pseudo feminismo”


¿Cómo es que el debate en torno al pañuelo, que debería haber girado en torno al asunto del laicismo, ha tomado de pronto una dimensión feminista?

Todas las palabras llevan trampa en este asunto. El primer debate giraba efectivamente en torno a la definición de laicidad y, aunque el caso del pañuelo en Creil en 1989 afectaba a dos muchachas que llevaban pañuelo, no se las señalaba tanto como mujeres jóvenes sino como musulmanas practicantes. En esos días, esa definición de laicidad que pretendía excluir de la escuela a las jóvenes musulmanas que llevaran pañuelo se reveló muy frágil políticamente, ya que fue invalidada por el Consejo de Estado. Este organismo entendía que la expresión pública de las convicciones religiosas, incluso en el seno de las instituciones educativas, emanaba –según la ley en vigor entonces– de las libertades individuales, y nada permitía excluir al alumnado por este motivo mientras no se observara proselitismo o contestación de los programas escolares. A partir de ese momento, es precisamente esta interpretación de la ley y la ley misma las que van a ser metódicamente atacadas por un movimiento reaccionario laicista que no cesará de agitar la amenaza de un islamismo organizado que supuestamente tendría por objetivo político-religioso la destrucción de la laicidad republicana y la intromisión de la religión musulmana en las instituciones y en las leyes de la República. Evidentemente se puede refutar la realidad de esta amenaza, como lo hace la mayoría de los estudios sociológicos serios sobre la sociedad francesa contemporánea en general y sobre las jóvenes que llevan pañuelo en particular, al igual que se puede refutar una definición de la laicidad incapaz de tener confianza en sus propias instituciones educativas para poder respetar las libertades individuales a la vez que se le dan a todos los medios para no reducir su definición de sí mismos a sus creencias religiosas o a sus filiaciones étnicas. Pero esto tiene poco peso frente a una potente campaña que cabalga políticamente sobre la crispación de una “identidad francesa” que es incapaz de comprender que la Francia contemporánea no es la reserva asediada de una nación étnica franco-francesa, sino, exactamente igual que el resto de las sociedades contemporáneas, el producto post-colonial y post-inmigración de una nación profundamente aculturizada por una modernidad a la vez abierta, múltiple, y ya sin certezas en cuanto a la superioridad de su civilización y al progreso de la modernización (se puede ver que este mismo guión se vuelve a representar en Francia con la misma dramatización en torno al asunto de la adhesión de Turquía a la Unión Europea). Sea como sea, la cuestión del pañuelo en Francia se ha convertido en la forma legitimada de una detestación del Islam en general y de los árabes en particular, y esto está sucediendo mientras se denigra el racismo explícito del tipo Frente Nacional. Lo que Nacira Guénif-Souilamas y yo mostramos en nuestro libro es que la recusación de la decisión del Consejo de Estado, y la consiguiente modificación de la ley, se han hecho extendiendo las causas de la “amenaza islámica”: amenaza religiosa anti-laica, amenaza terrorista islamista, amenaza mafiosa delincuente-religiosa en los barrios populares, y por último amenaza sexista de un Islam que apoyaría la discriminación y la violencia contra las mujeres. Esta articulación entre laicismo y feminismo se ha realizado de la siguiente forma: al principio hubo la denuncia de jóvenes que habían sido violadas, después la publicidad y la manipulación de este tema por la asociación Ni Putas Ni Sumisas (NPNS), después la instrumentalización de esta causa a la vez por NPNS, por el conjunto de los políticos y por una gran parte de los medios intelectuales, para construir un enemigo detestable: el muchacho árabe, velador y violador, enemigo común de laicistas y feministas republicanistas. Estos dos sectores se dieron ya la mano en el contexto de la petición de la revista Elle, también publicada en Le Monde, para exigir al presidente de la República, a la vez en nombre de las mujeres y de la laicidad, una ley que invalidara la decisión del Consejo de Estado y que condujera a la exclusión de las jóvenes que llevaran pañuelo a la escuela, sin que nunca éstas últimas pudieran tomar la palabra: al ser consideradas como “manipuladas” por los laicistas, y como “alienadas” por las feministas republicanistas, había que salvarlas contra su voluntad del “oscurantismo” en el que ellas, como antes de ellas sus antepasadas colonizadas, estarían encerradas. Para nosotros es bastante evidente que este feminismo republicanista es un pseudo feminismo, que se cree autorizado a hablar de las mujeres en lugar de las propias mujeres, y esto en nombre de la razón, lo que era precisamente el punto de vista del patriarcado antes de su contestación por el feminismo.

Usted afirma que para que en Francia el feminismo no sonara a “conflictivo” y mereciera una atención política y mediática favorable, éste tuvo que construirse una serie de adversarios indiscutibles: la “lesbiana radical agriada”, la “joven velada” y el “muchacho árabe”.

Lo que caracteriza la situación actual del feminismo en Francia es que es víctima a la vez de sus victorias y de sus derrotas. Víctima de sus victorias: puesto que hoy las discriminaciones sexistas están prohibidas por ley en todos los ámbitos de la vida, toda contestación al sexismo predominante en cualquier esfera de la sociedad francesa (que permanece organizada según una asignación preferencial de las mujeres al ámbito familiar y doméstico, en detrimento de su carrera profesional) es descalificada en nombre del rechazo a una “guerra de sexos” a la americana. Desde este punto de vista, si las mujeres no consiguen “conciliar” su vida personal con su vida profesional, no es culpa del sexismo sino del propio feminismo, que les estaría incitando a pensar que podrían “tenerlo todo”. Y el feminismo es, desde este punto de vista, víctima de su derrota cara al anti-feminismo, que continúa defendiendo que las diferencias naturales entre hombres y mujeres justifican roles y trayectorias sociales diferentes, en realidad jerarquizadas. El feminismo es así tachado de “conflictivo”, y la única condición para que el (pseudo) feminismo se convierta en “legítimo” -se ha podido ver en el consenso político unánime en torno a Ni Putas Ni Sumisas y a la petición de Elle- es que participe en la cruzada republicanista y laicista contra estos extranjeros a Francia que serían los muchachos árabes violentos y las chicas musulmanas con pañuelo.

¿La cuestión feminista puede ser disociada de la cuestión de la desigualdad social y de la discriminación racista?

La discriminación y la violencia sexista están en todos los lugares de la sociedad francesa contemporánea, y afectan a las mujeres de todos los medios socio-culturales. Desde este punto de vista existe un interés común para todas las mujeres en luchar contra el sexismo, desde la lucha contra la violencia conyugal, completamente extendida, hasta la lucha contra formas más específicas como son el hostigamiento en la calle en los barrios populares o la limitación implícita y metódica del acceso a puestos de poder político y económico (“techo de cristal” jerárquico). Sin embargo, y al mismo tiempo, también se ejercen otras relaciones sociales de poder y de dominación, de manera que ciertas mujeres se encuentran oprimiendo a otras mujeres en razón de la diferencia de su identificación étnica o de su posición de clase. Es precisamente el caso del asunto del pañuelo: en nombre de las mujeres, ciertas mujeres alimentan la estigmatización de otras mujeres, doblemente marcadas por su estatus social popular y por su filiación “étnica”, con lo que contribuyen a reforzar -más que a combatir- las desigualdades sociales y las discriminaciones racistas.

Usted denuncia esta imagen del “muchacho árabe” como un cuerpo triplemente extranjero para la modernidad: extranjero para la modernidad laica, extranjero para la modernidad republicana jacobina, y extranjero para la modernidad feminista. Una imagen que por otro lado fomenta el movimiento Ni Putas Ni Sumisas. ¿Cómo explica usted este cliché?

Quienes estigmatizan estas figuras en nombre de la modernidad participan de una modernidad tardía: Ha terminado el tiempo de las tranquilas certezas coloniales, desarrollistas y cientifistas sobre los beneficios de la civilización occidental y de la modernización, como se ha terminado el tiempo en el que por su bien había que hacer de los individuos buenos ciudadanos, buenos soldados, buenos trabajadores, buenos cabezas de familia, buenos franceses y buenos indígenas musulmanes. La segunda modernidad es una modernidad de la incertidumbre, que no puede resolver los problemas técnicos, medioambientales, geopolíticos y culturales que ella misma provoca, a no ser que acepte “tomar en cuenta” democráticamente la diversidad de puntos de vista existente –antes de ponerse a aplicar políticas que deben estar siempre justificadas democráticamente y no impuestas en nombre de valores sacralizados colocados fuera de la política. Estos clichés son por lo tanto la expresión de la resistencia reaccionaria (republicanismo, laicismo, pseudo feminismo) de las corrientes políticas y culturales hoy dominantes en Francia.


Eric Macé es investigador del CADIS (CNRS), Universidad de París III - Sorbonne Nouvelle. Es también el autor de "Laissez venir à nous les jeunes filles voilées... et tous les autres", Cosmopolitiques, n° 6, 2004, y de (con Angelina Peralva), Médias et violences urbaines. Débat politique et construction journalistique, París, La Documentation Française, 2002.

Fuente: Oumma.com
Traducción Observatorio de la Islamofobia


“Ni Putas Ni Sumisas”: un aparato ideológico del Estado




por Stéphanie Marteau y Pascale Tounier



Este artículo está extraído del libro Black, Blanc, Beur…, publicado por Stéphanie Marteau y Pascale Tounier en 2006, Editions Albin Michel. Está escrito por lo tanto antes del nombramiento de Fadela Amara como Secretaria de Estado en el actual gobierno Fillon-Sarkozy.



Aislada de la calle, sin base social real, políticamente oportunista pero “buena cliente” mediática, la asociación Ni Putas Ni Sumisas, presidida por Fadela Amara, ha ganado su reconocimiento institucional al producir un discurso estigmatizador de los suburbios franceses y de sus habitantes.

“No a las violaciones colectivas”, “no a los matrimonios forzados”, “no a la poligamia”… Incansable denunciadora del “sexismo de suburbio”, la presidenta de Ni Putas Ni Sumisas, la asociación de las chicas de los barrios, está desbordada. En las páginas de las revistas con Kate Barry, la hija de Jane Birkin o Arlette Laguiller…, Fadela Amara está en todas partes. En el palacio de Matignon, para un desayuno con el Primer Ministro; en el plató de TF1 para una entrevista; en la plaza Beauvau, donde se la reclama. Su secretario de prensa anuncia que ha abandonado un concierto por la “mixicidad” en el Olympia para volar a Ginebra. ¡Porque se la consulta también sobre las negociaciones de paz en Oriente Próximo! El periodista de la agencia Capa, que esboza su retrato para el canal Arte, la sigue con dificultades.

Pero ninguna causa la moviliza más de dos horas seguidas. ¡Con su agenda sobrecargada, imposible asumir las misiones que le confían todos los ministros! En el Comité de Evaluación de la Agencia Nacional de Renovación Urbana (ANRU), organismo clave de la política del barrio de Jean-Louis Borloo [Valenciennes], donde ella tiene un puesto, nadie la conoce. Cansado de sus ausencias, el presidente del comité, Yazid Sabeg, ha decidido aplicar el reglamento. La carta que éste le dirigió el 20 de abril de 2005 no contiene ambigüedades: la considerarán como dimisionaria si ella no hace acto de presencia en quince días. Sabeg se había dado cuenta del error de casting incluso antes del primer consejo de administración. Pero su amigo Borloo defendía la candidatura de Fadela Amara, en razón de que ella “conocía el terreno”… “¡Ella inventó para él la expresión “quebrar los ghettos”!” se queja Sabeg. En el medio sigiloso de las instituciones, la agitación permanente de Fadela Amara le sirve de tarjeta de visita. Todo el mundo se disputa la presencia de “la Señora Suburbio” [“Madame Banlieue”].

Fadela Amara, presidenta de Ni Putas Ni Sumisas
(foto David Cohen, página web de NPNS)


El Observatorio de la Paridad no puede pasar sin ella. La Comisión Nacional Consultativa de los Derechos del Hombre (CNCDH) le pide su presencia para cualquier tema. En marzo de 2005 es nombrada miembro de la Alta Autoridad de Lucha contra las Discriminaciones y por la Igualdad (HALDE, en sus siglas en francés). Portavoz del “movimiento anti-velo”, se vuelve imprescindible para la Comisión Stasi que decide sobre “los símbolos religiosos en las escuelas”, y que la recibe en diciembre de 2003. Delante de estos “expertos”, Fadela Amara despliega todo su poder de convicción para contrarrestar el “retorno del oscurantismo”. En su boca, las musulmanas con pañuelo se convierten en “soldadas del fascismo verde”, y expulsarlas de los colegios es todavía un castigo demasiado leve: “Es urgente reafirmar la laicidad como valor central y poner fin a prácticas arcaicas que oprimen a las mujeres. En los barrios, los grupúsculos islamistas son cada vez más potentes”, declara. Fadela Amara no deja de tener contradicciones. Dos meses antes, en su biografía, se declaraba opuesta a que se “legislara sobre un tema tan sensible”: “Llevar el velo se ha convertido para algunos en un nuevo argumento político que les permite estigmatizar a los musulmanes y a los suburbios” [1]. ¿Qué sucedió entre tanto? El 12 de noviembre de 2003 la dirección del Comité Ejecutivo del PS, de la que es miembro, decidió apoyar la ley que prohibiría el pañuelo y votarla en la Asamblea Nacional.

Fadela Amara es una ambidextra, una emprendedora que lo ha entendido todo. Adapta la oferta a la demanda, toma posición con el sector ideológico en alza y arrambla con los beneficios de mercado del nuevo feminismo. Ella se ha convertido en la gran sacerdotisa de los políticos y de los medios de comunicación.


Cruzada mediática

Porque su ascensión es fulgurante. Todo empieza en la indiferencia general, en enero de 2002. Ella es todavía una ilustre desconocida, presidenta de la Federación Nacional de la Maison des Potes [2]. Organiza la reunión general de mujeres de barrios en la Sorbona.

Diez meses después, en Vitry-sur-Seine, una joven, Sohane Benziane, muere en un basurero quemada viva por un joven de origen magrebí de su ciudad. Al mismo tiempo, Samira Bellil publica En el infierno de las violaciones colectivas [3], un testimonio estremecedor de las violaciones que ella ha sufrido. Dos hechos sórdidos diferentes que resuenan con fuerza en el terreno mediático. La opinión pública está sobrecogida. Es el momento para Fadela y su equipo de salir en cruzada contra los “machistas de suburbio”. Entre febrero y marzo de 2003, la marcha de las mujeres de los barrios pasa por veintitrés ciudades de Francia. Amara sabe que para existir hay que captar la atención de los periodistas. La comunicación se confía a un profesional, Frank Chaumont, reclutado por la presidenta en persona la víspera de la marcha, en febrero de 2003. Es un miembro de la “familia”: antiguo afiliado de SOS Racisme de Toulouse, ha sido redactor jefe de la radio Beur FM, empleado del servicio de prensa de la fundación Danielle Mitterand, responsable de la comunicación interna de la SNCF… En fin, tiene sus tablas.

Una antigua portavoz del movimiento, Ingrid Renaudin, supo apreciar inmediatamente el buen hacer del comunicador [4]: “Después de la marcha, el discurso se estructuró. Chaumont, su tarea, era recolocarnos: había que pasar un mensaje corto y simple: “Es la muerte de Sohane la que ha provocado nuestra acción”. El eslogan dio en el blanco. Elle, Le Monde, Le Figaro, Le Nouvel Observateur… todos los órganos de prensa y de televisión abren sus páginas y sus micrófonos con la nueva asociación. “El discurso se simplificó”, continúa Ingrid Renaudin: “El contexto social no interesaba a los medios de comunicación, así que el mensaje perdió matices”, explica la joven, que ha abandonado el movimiento. “Muy rápidamente, el velo se convirtió en el único tema. Los medios de comunicación y Fadela se centraron en la denuncia del Islam radical, como todo el mundo tras el 11 de septiembre” [5]. Los primeros bajo el punto de mira: los muchachos de las periferias, machistas y a veces incluso integristas, que velan y violan a las jóvenes. Como explica la socióloga Nacira Guénif [6], NPNS (Ni Putas Ni Sumisas) ofrece la figura del detestable “muchacho árabe” al linchamiento mediático. “Poco a poco se va imponiendo una ecuación de un simplismo espeluznante: Islam de los magrebíes = no integración + violencia + antisemitismo + opresión de la mujer”, constata el sociólogo Laurent Mucchielli. “De manera que progresivamente son todos los valores que concebimos como el fundamento de la civilización occidental los que serían negados por estas poblaciones, percibidas como un bloque civilizatorio distinto: el Oriente musulmán” [7]. A la manera de un barómetro de la psicosis en el ambiente, NPNS se hace eco de los reproches que se les hacen a los jóvenes magrebíes.

Según los líderes de la asociación, procedentes ellos mismos de la inmigración, lo que debería invitarlos a establecer matices, los suburbios tienen el monopolio del sexismo, y el Islam el de la opresión de las jóvenes. Como prueba de ello, en la conferencia de prensa del 2 de marzo de 2005 Fadela Amara anuncia que NPNS no se manifestará con el resto del movimiento feminista el 8 de marzo, porque éste acepta entre sus filas a mujeres que llevan el pañuelo. En su apoyo surgen los VIPs más insólitos. Arlette Laguiller la primera [8], que aparece para testimoniar su “solidaridad con nuestras hermanas de Argelia, de Irán y de Arabia Saudita”. Ella desfilará el 6 de marzo con NPNS, sus nuevas “aliadas”.

El micrófono pasa enseguida a manos de Hamida Labidi, abogada tunecina responsable de la asociación Aime, cercana al régimen de Ben Ali, hasta el punto de que no duda en promover el “modelo tunecino” (cuyas carencias en derechos humanos son más que patentes) para “luchar contra el integrismo”: “Tenemos una revista electrónica que tiene por objeto criticar al Islam y a la comunidad musulmana. Participamos en la creación de una coalición internacional contra el Islam político. En Francia se asiste a un retorno sin precedentes del Islam. ¡Hay predicadores por todos lados! ¡El nuevo combate feminista consiste en decir no al Islam!”.

En cuanto a los suburbios franceses, Fatima Lalem, de Planning Familial, los describe como “barrios donde las niñas son violadas todas las tardes por señores elegidos para ellas como “maridos” por sus padres. Hoy se aprovechan de la República, que permite a las mujeres que llevan velo trabajar… ¡Pero se trata de mujeres que traen reivindicaciones políticas, que luchan contra la democracia!”. En un tropel de felicitaciones, Fadela Amara propone la cita del 6 de marzo para una manifestación prohibida a las “veladas”. Ese domingo, bajo las pancartas, se escuchaba: “¡Ni burka ni sharia, el Islam no pasará!”. “Los medios de comunicación les empujaron a radicalizar su discurso sobre el Islam”, admite Samuel Thomas, vicepresidente de SOS Racisme, casa madre, de alguna forma, de NPNS. Y añade: “¡Pero ella fue formada en SOS, debería saber cómo llevar el asunto! Es necesario que vuelva a centrarse sobre el feminismo, las cuestiones sociales…” [9].

Para justificar ante los periodistas declaraciones sobre el Islam tan violentas, la dirección de NPNS han recurrido a los testimonios de jóvenes mujeres de los barrios cuyas trayectorias han sido tan violentas como sórdidas. Es cierto que las agresiones no faltan en los barrios periféricos. Pero de aquí deducen una regla general. Y van de pesca a las reuniones. Así Samira Bellil, autora del impactante relato sobre las violaciones de las que fue víctima adolescente, es cooptada y se convierte en “madrina” de la asociación. Loubna Méliane, otra figura, hoy vicepresidenta de SOS Racisme, publica a su vez un libro contando el matrimonio forzado que sufrió a los diecinueve años. Los periodistas están rebosantes: gracias a esta asociación, que se reclama a la vez del feminismo y de los suburbios, tienen acceso a una fuente de informaciones delicadas de obtener. Las chicas de Ni Putas Ni Sumisas se convierten ellas mismas en suministradoras. Así, cuando la revista Elle publica una encuesta que da la palabra a jóvenes procedentes de la inmigración opuestas a que se pueda llevar el pañuelo en las escuelas [10], la mayoría de las entrevistadas son simpatizantes de NPNS. Algunos medios de comunicación apoyan activamente al movimiento. L’Humanité [11] le ofrece una tribuna de opinión a Loubna Méliane, una periodista de Le Monde escribe el libro de Fadela Amara [12]. La revista Elle contrata incluso a una miembro de la asociación como editorialista y una de las periodistas redacta una biografía de Safia Lebdi, la vicepresidenta del movimiento, aunque nunca se publicará… Otros medios, más cínicos, sacan provecho en términos de imagen, como Canal+ que le ofrece por segundo año consecutivo [13] varias horas de emisión a la asociación. Gracias a NPNS, la cadena del fútbol y del porno se compra una buena conciencia feminista a bajo precio.

Claramente, el consenso mediático es total. “Entre los periodistas y entre los políticos la “indignación” tiende a reemplazar cada vez más al análisis, la emoción reemplaza a la reflexión”, señala Laurent Mucchielli [14].


Amigos de todos los colores… políticos

Abril de 2003. Los estatutos de la asociación apenas han sido presentados en el registro y ya NPNS es la marca de referencia en materia de lucha contra las violencias ejercidas contra las mujeres. El éxito mediático de la marcha de las mujeres de los barrios convierte al movimiento en imprescindible. “Sin embargo”, recuerda un consejero de Jean-Pierre Raffarin [15], “las notas de los Servicios de Información que yo recibía cada mañana no demostraban un entusiasmo popular real… No había una gran cantidad de gente en sus manifestaciones, a pesar de que el bombardeo mediático dejaba suponer lo contrario” [16]. En el palacio de Matignon [17], los consejeros del Primer Ministro se dan cuenta enseguida de que la asociación no tiene apenas audiencia a nivel de calle. Cuando Fadela Amara acude a ver a los responsables de los sectores Juventud, Integración y Asuntos Sociales para conseguir subvenciones, los funcionarios le proponen la tarifa correspondiente a las asociaciones llamadas “ciudadanas”, es decir 40.000 euros al año. “Cuando le dije que no podía subir más, a Fadela Amara, que tiene siempre el aspecto de estar llorando y de hallarse tocada por la gracia divina, se le endureció la expresión”, refiere un consejero técnico: “Me dijo que ella quería 500.000 euros y que de ahora en adelante no hablaría más que con el Primer Ministro”. ¡Y por supuesto, Jean-Pierre Raffarin la recibirá tres veces! Él, hombre político, comprende rápidamente que el gobierno y este pequeño grupo reunido en torno a Fadela tienen mucho que ganar entendiéndose. Al día siguiente de la marcha, una conferencia interministerial dirigida por Nicole Ameline, y que reúne a Jean-Luis Borloo, François Fillon y los consejeros del palacio de Matignon, decide acceder a cinco reivindicaciones de la asociación: creación de una Guía del Respeto [18], puesta en marcha de puntos de escucha, acogida específica en las comisarías, formación del personal asignado y puesta a disposición de apartamentos de urgencia.

Para el equipo Raffarin, el movimiento feminista se presenta como un aliado tan útil como inesperado. Porque hasta la reunión de lo que se presenta como “los estados generales de las mujeres de los barrios” en enero de 2002, NPNS más bien interpelaba a las instituciones, insistiendo en los fallos de las políticas de integración. Curiosamente, un año más tarde, la asociación apoya el discurso securitario y represivo del gobierno. Para NPNS es necesario de ahora en adelante respaldar al gobierno en su voluntad de volver a llevar “el orden” a los “territorios perdidos de la República”. Agnès Josselin, que trató a las militantes en el marco de una tesis de sociología, señala que en los días de la marcha, la cuestión de la represión estaba claramente zanjada para las participantes en la misma: “Ya no están ahí para comprender, están ahí para sancionar” [19]. Desde entonces las afiliadas parecen justificar las medidas más represivas. Repiten que los jóvenes procedentes de la inmigración violentan a las niñas “sometiéndolas a leyes arcaicas” en “los ghettos a puerta cerrada”, donde “la ley del más fuerte reemplaza a las de la República”. Todo se vuelve caricaturesco con la asociación. Este discurso se convierte en un eco de las declaraciones realizadas por el entonces ministro del Interior Nicolas Sarkozy, que ya se dedicaba a predica la “firmeza”, especialmente para “proteger a la gente que no ha tenido la suerte de vivir en Neuilly”. La asociación se convierte en un aparato ideológico del Estado un poco particular, porque su presidenta presenta su cruzada como una prueba de su independencia.

Porque en realidad el movimiento nació claramente en la izquierda. “Como sucede con SOS Racisme, Ni Putas Ni Sumisas tenía la vocación de formar cuadros para el Partido Socialista”, afirma Abdelkader Souifi, del comité del Ródano de SOS Racisme Indépendant [20]. El currículum de los fundadores no presenta por otro lado ninguna ambigüedad: consejera municipal socialista de Clermont-Ferrand, Fadela Amara ha aprendido en la antena clermontesa de SOS Racisme. Hoy preside la Federación Nacional de la Maison des Potes. El secretario general de NPNS, Mohamed Abdi, cuarenta y seis años, aprendió en la rue Solférino [21] durante más de una década. De origen marroquí, criado en una familia desestucturada, llega a Francia en los años ochenta para hacer sus estudios [22]. Loubna Méline, una de las portavoces del movimiento, empezó trabajando en la FIDL [23] (asociación estudiantil próxima a la Federación Nacional de la Maison de Potes), antes de pasar a formar parte del Comité Nacional del Partido Socialista en junio de 2003. El arquitecto del movimiento, Julien Dray, vistió los hábitos de portavoz del PS en 2002. Antiguo trotskista, el diputado de L’Essone es uno de los fundadores de SOS Racisme.

No sólo las dos estructuras están ligadas, sino que incluso el origen del ascenso de la asociación feminista está estrechamente vinculado al declive de la asociación de la mano amarilla (SOS Racisme). “A partir de los años noventa, el antirracismo tal y como se había venido definiendo, es decir como el derecho a la diferencia, ya no era taquillero”, analiza el diputado socialista por París Jean-Christophe Cambadélis, cordial antagonista del fundador de SOS: “Julien Dray presiente que la cuestión de la mujer va a convertirse en explosiva. Se vuelca entonces en este producto”. Pero los lazos de sangre entre NPNS y el PS se ocultan con esmero, como testimonia una antigua militante: “El disimulo más flagrante tuvo lugar durante un encuentro con los habitantes de Grigny, en un local asociativo. Supe más tarde que era el local del diputado socialista por L’Essone, Julien Dray. Los carteles del partido, que empapelaban las paredes, fueron todos tapados por los de NPNS. Todas las señales del PS fueron retiradas “para no asustar a la gente. No vale la pena que sepan”, me decían los responsables”. Y cuidado quien ose levantar la máscara. Los periodistas de Technikart, por ejemplo, pagaron cara su curiosidad. Tras la aparición de un artículo suyo en el que describían las raíces de la asociación feminista dentro de la galaxia PS, sufrieron en directo los peores insultos por parte de Fadela Amara y de Mohamed Abdi [24]. Este último llegó incluso a arrancarle de las manos el micrófono al periodista que grababa el encrespado cara a cara. ¿Por qué tantas precauciones en camuflar esta filiación política? Los dirigentes de la asociación saben sacar lecciones del pasado. “Tratan un medio particularmente reacio a la manipulación desde la marcha de las inmigrantes magrebíes” señala Jean-Christophe Cambadélis [25]. Esta discreción obedece a una estrategia de reconquista del electorado popular por parte del PS. En todo caso de aquellos que votaron a Le Pen el 21 de abril de 2002.

“Apoyando una asociación a nivel de calle con un discurso muy cerrado sobre las cuestiones de inseguridad y de integración, asociación que llamará a votar a la izquierda en el momento oportuno, el PS demuestra que el tiempo de la “flojedad” está caduco”, explica una asidua de la rue Solférino. Pero actuando así, y según el politólogo Vincent Geisser, “la izquierda demuestra una vez más que está desconectada de las realidades a nivel de calle. Los dirigentes del PS crean asociaciones que se dicen “representativas de los suburbios”, las cuales, para hacerse entender en los platós de televisión, aceptan los términos del debate político-mediático de los salones parisinos que están a mil kilómetros de las realidades de la calle. Así SOS Racisme o Ni Putas Ni Sumisas, agitando los temas de la laicidad, la integración y la islamización, son cada vez mejor entendidos por la elite parisina, a medida que se vuelven cada vez más marginales en el seno de los sectores que se supone que representan. Porque a estos últimos les preocupa en primera instancia las discriminaciones que sufren a la hora de buscar empleo, alojamiento o estudios” [26].

El notorio silencio de NPNS con ocasión de la violencia urbana de otoño de 2005 es prueba de este abismo entre la asociación y su público. Al margen de los disturbios, los jóvenes de los suburbios plantearon reivindicaciones políticas para una sociedad más igualitaria. En este terreno NPNS, obsesionada por la lucha contra el Islam, no tenía ni solución ni discurso articulado.


Regreso a las inversiones

¡Y sin embargo, en dos años, qué audiencia! Las militantes anónimas se han convertido en interlocutoras privilegiadas. Su vida ha dado un vuelco. Fadela Amara, cenicienta de Clermont-Ferrand, se ha cortado el pelo y ha cambiado sus vaqueros made in Puy-de-Dôme por trajes de chaqueta oscuros. No se desplaza más que en taxi y no contesta jamás a su móvil: ¡demasiado ocupada! Hoy sus “amigos” se llaman Anne Sinclair, Christine Ockrent, Guy Bedos, Charlotte de Turckheim… Finalmente este reconocimiento tardío ha valido la pena: con más de cuarenta años y un diploma de formación profesional en el bolsillo, la consejera de los barrios periféricos piensa ya en una cartera ministerial [27]. Su joven rival, Loubna Méliane, que fue una de las portavoces de la asociación, también se ha labrado un camino: ha pasado a formar parte del Comité nacional del Partido Socialista en junio de 2003 y dirige cada tarde una emisión de Fun Radio.

El éxito de este pequeño grupo es el fruto de una estrategia política que consiste en hacer alarde de su vinculación a los “valores republicanos” sin salirse nunca de la fila. Cuando Fadela se dice musulmana, precisa que es laica, y cuando se presenta como árabe, añade “ciudadana”. Una postura que tranquiliza a la Francia de arriba. Como símbolos de una integración exitosa han sido recompensadas. Gracias a la iniciativa de Jean-Louis Debré, presidente de la Asamblea Nacional, las chicas de NPNS han podido ver sus rostros en carteles de 4 x 3 colocados sobre las paredes del Palais Bourbon en junio de 2003 para la operación Las Mariannes de Hoy [28]. Para estas militantes salidas de los barrios populares, las dificultades no son ya más que malos recuerdos. ¿Problemas de vivienda? Desde ahora todo tiene solución. Así la madrina de la asociación, Samira Bellil, consideró que podía contar con una concejala socialista del ayuntamiento de París para conseguir un piso y evitar de este modo hacer cola con los otros ciento tres mil parisinos que esperan una vivienda social… “Un día, Mireille Dumas me llamó para que le encontrara un piso a Samira Bellil”, cuenta esta concejala, entonces muy cercana a NPNS: “Acabábamos de recuperar el ayuntamiento, y queríamos salir del sistema Tiberi. Yo inicié un procedimiento de urgencia, es verdad, pero dentro del respeto a la ley, lo que necesariamente tarda algo de tiempo…” [29]. Demasiado tiempo, evidentemente, para la joven, que prefiere dirigirse directamente al ministro de la Cohesión Social. Éste le entrega las llaves del piso en un tiempo récord. “Supe que Samira decía que la izquierda no había hecho nada por ella, mientras que hasta Borloo le había dado una vivienda…”, recuerda la concejala parisina: “Yo estaba muy sorprendida. ¡¿Quién era esta gente, que no dejaba de tener la palabra República en la boca, pero que creía disfrutar de favores especiales?!” [30].

El responsable de prensa de la asociación, Franck Chaumont, parece haber tenido más suerte con el ayuntamiento de París. Ya era beneficiario de una vivienda social, y obtuvo un nuevo piso de protección oficial “como resultado de un intercambio favorecido por la intervención personal de un alcalde del cinturón de París”, según el jefe de la oficina del responsable del PS para la vivienda. ¡La alcaldía de París tiene ideas amplias! El poder no sólo ofrece privilegios: permite también recuperar la virginidad. Mohamed Abdi, secretario general de la asociación, sabe bastante de esto. Él figura al lado de Fadela Amara en los cócteles y organiza conferencias, mientras que está procesado judicialmente. Mohamed Abdi tiene su caso en el Tribunal Supremo. Las diligencias del tribunal territorial han sido paralizadas, pero permanece todavía su primera pena, que se eleva a ocho meses de prisión, con la sentencia en suspenso. Él niega haber actuado de mala fe. Sin embargo de 1994 a 1997 Mohamed Abdi es acusado por la justicia de haber desviado fondos públicos. Miembro del Comité de la Maison des Potes como Fadela Amara, este íntimo de Michel Charasse había montado una sociedad que decía dedicarse a dar formación a los empleados de una empresa de guarderías, en la que él también estaba empleado. Pero Abdi se embolsó las subvenciones para formación… sin dar formación. Es Alia Zioni, responsable sindical de la CFDT, quien en 1997 denuncia los hechos. Su celo le va a costar caro. “Todo este asunto no tiene nada que ver con Ni Putas Ni Sumisas”, sostiene Fadela Amara: “Se lo han sacado del bolsillo para romper nuestro movimiento. Es el precio del éxito” [31]. Para “salvar al soldado Abdi”, Julien Dray le hace venir a la región parisina dos meses después de la vista, en 2000.


Un “nivel de calle” tan lejano

Aunque bien implantada en los partidos y en los platós de televisión, parece que la asociación NPNS tiene dificultades para hacerse oír por aquellos a quienes pretende dirigirse. El fallo está de entrada en su nombre: el “impactante” eslogan, que excita tanto a las señoras de la buena sociedad, resulta en los suburbios chocante tanto para las jóvenes como para los jóvenes. La fórmula es percibida como algo caricaturesco y provocador. De todas maneras, cuando se sabe que la asociación estuvo a punto de llamarse Ni Veladas Ni Violadas [Ni Voilées Ni Violées], puede decirse que Fadela Amara eligió el mal menor…

En los mítines de NPNS el público está compuesto en su amplia mayoría por profesionales en la cincuentena, generalmente francesas de origen y más bien cercanas a la izquierda. Las jóvenes de los suburbios no acuden. De pronto, la asociación tiene dificultades para montar acontecimientos. Cuando quiso organizar un gran concierto en el Zénith el 6 de junio de 2003, tuvo que anularlo al final, oficialmente por causa de una huelga de transportes... En realidad, “tres días antes del concierto se habían vendido sólo unas ciento cincuenta entradas” [32], confiesa una de las organizadoras. Y así, al ser conscientes del abismo entre las jóvenes de los barrios y las posturas de la asociación que dice hablar en su nombre, los iconos de la asociación se lanzan rápidamente en retirada.

Según su editor y amigo Olivier Rubinstein [33], el empresario de la editorial Denoël, Samira Bellil se sentía “utilizada” por Fadela Amara, y rechazó en los últimos meses de su vida seguir afiliada a NPNS. En cuanto a Kahina Benziane, la hermana de la joven quemada viva por un joven de origen magrebí, está escandalizada por la utilización que se hizo de esta tragedia y no sigue en la asociación desde hace tiempo. Durante el proceso del asesino de su hermana, afirmó: “El combate es justo. Pero la asociación ha utilizado la muerte de Sohane para existir (…). Fadela Amara, la presidenta de la asociación, nos citó. Pero las cámaras ya estaban allí esperándonos. No hubo ninguna conversación fuera de cámara. Fadela Amara ni siquiera presentó sus condolencias a mis padres como es la tradición (…). Sólo os puedo decir que si mi hermana estuviera viva, no sería una de sus afiliadas” [34]. La rapera Diam’s –que vende cientos de miles de álbumes– se separó también muy deprisa de la asociación: “Al principio me gustaron. Y después vi cómo cambiaba su discurso, y me di cuenta de que estaban haciendo daño a los barrios. Cuando vi que posaban al lado de Raffarin y del PS, me dije: “Esto es una mierda” [35].

A pesar del alejamiento de sus mascarones de proa, NPNS dice tener cincuenta y dos comités locales y dos mil ochocientos adherentes (en realidad apenas algo menos de un tercio estarían al día en las cotizaciones). Sólo un puñado es realmente activo. La red de comités locales de NPNS se confunde en la mayoría de los casos con la de la Federación Nacional de las Maisons des Potes, que existía antes de la asociación. Mal implantada y poco popular en los barrios, la asociación comunica a pesar de todo “en dirección a las jóvenes en peligro”. Pero el balance resulta escaso: el proyecto para montar una casa de mujeres itinerante en L’Essone terminó sin llevarse a cabo en 2006, un año y medio después de su inicio, según la consejera técnica encargada de la igualdad hombre-mujer en el Consejo general del departamento. La otra prioridad de NPNS era obtener apartamentos para las mujeres víctimas de violencias en los barrios. El gobierno registró una cincuentena de alojamientos además de las noventa mil camas de urgencia de que disponen los servicios sociales. “Algunas mujeres ya han podido beneficiarse de estos apartamentos”, se asegura prudentemente en el gobierno. En cuanto a la Guía del Respeto, por fin está en circulación. Ha tenido un éxito de imagen, aunque no ha sido autorizada por Educación por falta de rigor, y por lo tanto no se ha distribuido en las escuelas. NPNS ha funcionado manifiestamente mal a la hora de organizar sus acciones, como testimonia Anne Hidalgo, primera teniente de alcalde del ayuntamiento de París: “En 2004 andaban buscando un local para recibir a las jóvenes. Un consejero del ayuntamiento les encontró una oficina de sesenta metros cuadrados. Yo me dediqué a procurarles los fondos. Pero ellas no continuaron…” [36].

Pero a pesar de la falta de hechos, la asociación consigue subvenciones colosales. En el año 2004, según fuentes oficiales, NPNS se embolsó 80.000 euros del Fondo de Acción Social, 240.000 del Consejo Regional de Île-de-France, 75.000 del Senado, 30.000 del Ayuntamiento de París, 60.000 del Palacio de Matignon. A los que hay que añadir los 24.000 euros de donaciones privadas y los 25.000 euros de cotizaciones de adherentes que dicen alcanzar. Es decir un total de 534.000 euros (procedentes en un 90 % de los poderes públicos).

Para François Devoucoux du Buysson, autor de Pariscide [Pariscidio], una investigación sobre el ayuntamiento de París, los poderes públicos han concedido subvenciones a la asociación sin verificar a dónde va el dinero. En efecto, el estudio de los presupuestos previstos de la asociación para 2003 y 2004, adjuntados a la petición de subvenciones, hace aparecer anomalías flagrantes. Primera constatación: la asociación parece vivir a todo tren: 15.000 euros para el apartado viajes, 53.000 euros para gastos de alojamiento, enormes facturas de teléfono, así como un apartado enigmático titulado “Honorarios remuneración de intermediarios” de 35.000 euros… ¿Qué es lo que justifica un apoyo de tal envergadura por parte de los poderes públicos? ¿Será por los 1.800 euros mensuales de teléfono? Pero la línea está en realidad a nombre de la Federación Nacional de las Maisons des Potes, estructura vinculada a SOS Racisme, que por su parte también está ampliamente subvencionada. ¿Será por los “gastos de desplazamiento y costes de alojamiento” que aparecen vinculados a las manifestaciones? Pero la asociación había conseguido el apoyo de grandes empresas que le habían ofrecido noches de hotel (Accor) y billetes de tren (SNCF). ¿Será por el apartado “alquiler”? Ni Putas Ni Sumisas afirma pagar por este concepto 40.000 euros en 2003, después 63.000 euros en 2004. Es decir un montante equivalente a un alquiler anual de un piso de más de doscientos metros cuadrados situado en alguna zona residencial chic de París… Sin embargo, la asociación no posee más que un piso de ochenta metros cuadrados en la rue de Charonne, en el 20º distrito, alquilado, una vez más, a nombre de la Federación Nacional de la Maison des Potes. La contable de la asociación [37] explica que estos 63.000 euros engloban no sólo el alquiler, sino también el precio del arrendamiento de salas destinadas a acoger las universidades de verano de la asociación, así como el alquiler, en el futuro, de la casa itinerante de L’Essone (proyecto que nunca se ha llegado a realizar).

Todavía más increíble: ¡NPNS ni siquiera ha pagado su alquiler entre 2002 y 2004! El centro cultural Confluences, que subarrendaba una parte de sus locales a la asociación, ha llevado a los responsables de ésta a los tribunales, y ha ganado el pleito. En octubre de 2004, los Potes y NPNS se realojan en un nuevo local situado en la rue de Charenton, en un inmueble de la Opac [38] que pertenece al ayuntamiento de París. Y esto gracias a la intervención de Michel Charzat, alcalde del 20º distrito, del equipo de Laurent Fabius, y “viejo amigo” de la familia. En este nuevo emplazamiento, las NPNS ponen sus miras en nuevas ambiciones. En la universidad de otoño de su asociación, en octubre de 2005, Fadela Amara anunció que pensaba establecer una “verdadera relación de fuerza” para pesar en el debate político en las proximidades de la elección presidencial de 2007. La víspera del congreso de Mans, ella declaró su alianza –severamente juzgada por sus antiguos amigos próximos a François Hollande– con Laurent Fabius, militante encarnizado, como ella, de la lucha “anti-velo”. ¡Pero, desgraciadamente, Fabius cayó en picado! ¿Les faltará ahora olfato político a Fadela y los suyos?


Notas


[1] Fadela Amara con Sylvia Zappi, Ni putes ni soumises [Ni putas ni sumisas], La Découverte, 2003.

[2] Un colectivo de asociaciones federadas por SOS Racisme.

[3] Samira Bellil, Dans l’enfer des tournantes [En el infierno de las violaciones colectivas], Denoël, 2002.

[4] Entrevista con las autoras, 7 de marzo de 2005.

[5] Ídem.

[6] Nacira Guénif con Éric Macé, Les féministes et le garçon arabe [Las feministas y el muchacho árabe], Ed. L’Aube, 2004.

[7] Laurent Mucchielli, Le scandale des tournantes [El escándalo de las violaciones colectivas], La Découverte, 2004.

[8] Dirigente del partido de izquierda Lutte Ouvrière [Lucha Obrera].

[9] Entrevista con las autoras, julio de 2005.

[10] Encuesta publicada el 8 de diciembre de 2003: “La majorité des musulmanes pour une loi” [La mayoría de las musulmanas a favor de una ley].

[11] Periódico oficial del Partido Comunista Francés.

[12] Fadela Amara con Sylvia Zappi, Ni Putes Ni Soumises, Op. Cit.

[13] En 2005 y 2006.

[14] Entrevista con las autoras, 2 de marzo de 2005

[15] Primer Ministro francés de 2002 a 2005.

[16] Entrevista con las autoras, 1 de abril de 2005

[17] Sede oficial del Primer Ministro de Francia.

[18] Cherche Midi editor, 2005.

[19] L’engagement militant des jeunes femmes issues de l’immigration [La implicación militante de las jóvenes provenientes de la inmigración], tesis en Sociología, Universidad de París-VII-Saint-Denis, octubre de 2003.

[20] Entrevista con las autoras, 3 de octubre de 2004.

[21] En la rue Solférino se encuentra la sede central del Partido Socialista Francés.

[22] Entrevista con las autoras en 2004.

[23] Fédération Indépendante et Démocratique Lycéenne [Federación Independiente y Democrática de los Institutos], satélite del PS.

[24] “Ni putes, ni soumises, ni très claires” [Ni putas, ni sumisas, ni muy claras]. Technikart, octubre de 2004.

[25] Entrevista con las autoras, 25 de febrero de 2005.

[26] Vincent Geisser, La nouvelle islamophobie [La nueva islamofobia], Ed. La Découverte, 2003.

[27] Este texto fue escrito antes de su nombramiento como Secretaria de Estado del gobierno conservador Fillon-Sarkozy (UMP).

[28] Marianne es la imagen alegórica de la República Francesa. Desde los años setenta se elige a una actriz o una “sex-symbol” célebre para encarnar a Marianne. Han sido modelos para Marianne, con anterioridad a las dirigentes de NPNS, y entre otras, Brigitte Bardot, Mireille Mathieu o Laetitia Casta.

[29] Entrevista con las autoras, 21 de marzo de 2005.

[30] Ídem.

[31] Entrevista con las autoras en el marco de un reportaje para VSD, septiembre de 2004.

[32] Entrevista con las autoras, 9 de marzo de 2005.

[33] Entrevista con las autoras, 24 de marzo de 2005.

[34] Le Point, marzo de 2006.

[35] Entrevista con las autoras, 14 de diciembre de 2005.

[36] Entrevista con las autoras, 21 de marzo de 2005.

[37] Entrevista con las autoras para VSD, septiembre de 2004.

[38] Oficina pública para la vivienda social.


Traducción Observatorio de la Islamofobia


Véase también:

“Ni Putas Ni Sumisas” o la palabra confiscada